Bitâcora de textos y notas varias

jeudi 23 octobre 2014

Por fin, al cabo de un par de años después del Coloquio, salieron las actas en donde aparece mi artículo sobre el asesinato de Luis Donaldo Colosio ficcionalizado por Heriberto Yépez y Elmer Mendoza, cuyo título parece representar casi un tercio del mismo. Para leerlo, hay que seguir la liga 

 NNM2

vendredi 20 décembre 2013

El Prometeo mal encadenado de Gide en la feria Furia del Libro en Chile

La Furia del Libro, oportunidad imperdible en diciembre

Los días 20, 21 y 22 de diciembre se realizará la Furia del Libro en el Centro Gam. Más de 70 editoriales independientes mostrarán sus publicaciones y novedades, además de entretenidas actividades.
Las editoriales independientes chilenas hace rato que están dando que hablar. En octubre se organizaron en la Primavera del Libro, en la Feria del Libro en el mes de noviembre tuvieron una destacada presencia en el pabellón central, y ahora cierran el año con la séptima versión de la Furia del Libro, que, para Diego Álamos de Editorial Chancacazo es “el encuentro de la narrativa chilena con el público; aquí se pueden encontrar libros raros, raros en el sentido de escasos y raros en el sentido de diferentes a los que, quizás, se encuentran en las grandes librerías; aquí en la Furia ha venido concentrándose la edición independiente chilena; que no es solo el eco de la autopublicación o el zumbido de los libros ignorados por las casas editoriales internacionales; sino que en la Furia del Libro se encuentra lo que no siguió ese camino”.
En esta oportunidad destaca la visita de Dominique Bourgois, directora de Christian Burgois Éditeur, casa editorial de grandes escritores como Roberto Bolaño, Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Roberto Arlt y César Aira entre otros, además de la presentación del artista catalán Jordi Corominas y su show poético experimental que fusiona música, danza, teatro y proyecciones audiovisuales.
Libros raros y autores de culto
Tal como indica Diego Álamos, en la Furia se pueden encontrar libros distintos, de autores jóvenes como es el caso de El fin de la lectura (Editorial Cuneta), una selección de cuentos del argentino Andrés Neuman o nuevas reediciones como es el caso de Diez (Editorial Mago) que rescata este libro de cuentos de Juan Emar publicado inicialmente en 1937, así como la reedición de Metamorfosis (Das Kapital), los poemas publicados por Joaquín Edwards Bello en París el año 1921.

Edición y traducción
Chancacazo
Prometeo mal encadenado
Chancacazo

No solo libros de escritores hispanoamericanos trae la Furia, hay también un importante trabajo con escritores europeos, como es el caso de Editorial Chancacazo que lanzará simultáneamente Prometeo mal encadenado, del escritor francés André Gidé quien recibió el Nobel de Literatura en 1947 así como también  Sucesos de Daniíl Kharms; escritor ruso de culto, absurdista, contemporáneo a Maiakovski y reconocido ampliamente en la Rusia actual. Este lanzamiento tendrá lugar en la sala de conferencias nº 1 del GAM a las 5.30 hrs del día domingo 22 de diciembre.
Este excelente panorama está pensado para todas y todos, y de todas las edades, son más de setenta editoriales donde pueden encontrar una infinita diversidad de libros; novelas, cuentos, cómics, ensayos, libros infantiles y mucho más, aquí pueden aprovechar de buscar esos regalos especiales de Navidad, fomentando así la producción editorial independiente en Chile, porque, como dice el lema de la Furia del Libro “el libro chileno no cuesta caro”.
Del 20 al 22 de diciembre en Centro Gam.

jeudi 21 novembre 2013

"Sobre El sendero frugal, de Jacques Dupin" por Víctor cabrera


 


El video circuló en YouTube en 2011 y podría encontrarse fácilmente bajo las etiquetas de «poesía» e «incertidumbre». En él, un grupo de poetas de varios países de habla española trata de explicar su propia idea, personal y grupal, del término «poesía», al tiempo que esgrime una defensa un tanto atolondrada de eso que en España ha dado en nombrarse «poesía de la experiencia», una corriente definida por sus supuestas honestidad enunciativa, transparencia verbal y sintáctica y pureza emocional. Una poesía, se entiende, que pueda comprenderse y ser aprehendida, capaz de tocar y conmover al ciudadano de a pie. En algún momento de aquel documento audiovisual, uno de esos poetas de la claridad —español joven de marcado acento andaluz— trata de esbozar un argumento para desacreditar ciertas corrientes poéticas y a sus practicantes, insoportablemente afectos a la abstracción, el hermetismo y un excesivo enrarecimiento del sentido. A riesgo de resultar injusto y de tergiversar el sentido último de lo planteado por nuestro poeta de la experiencia, describiré brevemente, mutatis mutandis, aquel denuesto del oscurecimiento del discurso poético: «Si uno va al cine y no entiende la película, uno llega rápidamente a la conclusión de que la película es mala. En cambio, si un lector común y corriente abre un libro de poemas y no entiende nada, cree que no tiene la capacidad intelectual para comprenderlo. Me parece obvio que cuando un poema no se entiende es porque  el poeta ha hecho mal su trabajo».

Si la ingenuidad o la franca —por llamarla de algún modo— insensatez de tal arenga podría llamar a la risa o la ternura, lo que alarma es el resabio de incomprensión e intolerancia oculto tras esas palabras de poeta «diáfano» y «sincero». Lo que hay de fondo es la voluntad de anulación de la multiplicidad del discurso poético, de la heterogeneidad de voces y de sentidos, de la capacidad polisémica y multirreferencial del lenguaje, de su función connotativa, a cambio de un modo unívoco de enunciación y significación, una ruta única trazada de antemano para el decir poético. Lo que hay también es la ya gastada controversia —y falsa en realidad— entre poesía (o mejor, entre poetas) de la experiencia o la emoción y poetas de la inteligencia. Falsa, absurda en realidad, porque supone que la opción de una cancela la posibilidad de la otra, como si la inteligencia no fuese un producto decantado de la experiencia o como si ésta no se obtuviese mediante repetidos y arduos procesos intelectivos; como si, a fin de cuentas, no fuera el lenguaje mismo producto de la inteligencia.

Hago esta acaso demasiado larga elucubración inicial porque, antes que una provocación o la inteligente premisa de un proyecto poético, parece más una      patochada, una «bravata de jactanciosos», abogar a estas alturas por una poesía cuya pretendida transparencia se oponga  y venza a la oscura incertidumbre de la época (como si el mundo y todas sus épocas, la vida, la realidad, en fin, aportaran alguna certeza distinta del inexorable, inevitable tránsito final, también conocido como muerte o fin); pues ¿no es precisamente de la incertidumbre, de la imposibilidad de asir, de aprehender el mundo y sus cosas de donde nacen el lenguaje, el verbo y el nombre, la poesía? ¿No es la incomodidad de la incertidumbre, el malestar vital que ella genera, lo que lleva al humano ser a cuestionar su entorno físico y metafísico, su contexto vital, a dar orden y cauce a las ideas y conceptos  que sobre éste se ha formado? ¿Y no es la poesía una de esas maneras de ordenar el caos, de explicarse el mundo, de atravesar —no combatir— la incertidumbre?

Densa, hermética  y al mismo tiempo cargada de una fuerza emocional que la ilumina sin aclararla del todo, la poesía de Jacques Dupin pone todas estas preguntas sobre la mesa y al hacerlo, antes que brindarnos respuestas infalibles o incuestionables certezas, nos muestra las heridas, las marcas, las cicatrices que la duda inflige en la conciencia y el lenguaje. Opuesta a dicotomías manidas, antes que una de la oscuridad —o del claroscuro—, la de Dupin es una poética del enrarecimiento y, en últimas, de la demolición. Planteada desde la imposibilidad de su articulación, esta poesía hurga entre los escombros del ser, busca el «titilar de los signos en la profusión de las cenizas», y es capaz de erigirse en un solo verso, paradójico en su transparencia: «El canto que es en sí mismo   su hoz», la voz —esto  es, la conciencia— que a sí misma  se siega para (re)nacer, el lenguaje que, como la semilla evangélica, muere  para dar frutos:  «La escritura se atiborra de perfumes que la descomponen. La luz se abre, como un higo maduro...». A partir de este nacimiento, que es en realidad una resurrección, los poemas de Dupin responden a la doble intención observada por Iván Salinas:


Por una parte, buscan quebrar la lengua, y todas las estructuras que le dan orden, para instaurar un espacio en el que pueda aparecer el lenguaje. Por la otra, es necesario destruir el poema esperado, desde su interior mismo, para dar paso a la poesía y a través de ella intuir la experiencia del adentro y el afuera.

 
Hijo de una era y un espacio convulsionados por el horror de la guerra, Dupin parece ceñirse a la célebre sentencia de Adorno: No es posible escribir poesía después de Auschwitz. O lo será a cambio de renunciar  a sus prestigiosos  supuestos. A diferencia de lo postulado por aquellos poetas excesivamente afectos a la literalidad de sus emociones  hueras, en Dupin, como observa Paul Auster, «el poema ya no es un registro de sentimientos, una canción o una meditación. Más bien es el campo en el espacio mental donde se permite que tenga una lucha: entre la destrucción del poema y la búsqueda del poema  posible». Es sintomático en este sentido el conocimiento del poeta, como crítico, galerista y editor, del arte de su época: como la obra de Miró o de Tàpies, la poesía de Dupin exige interpretación más que percepción, intuición, más que para advertir, para reinventar (o reinvertir) las formas. Como la poesía visual de aquellos colegas plásticos, la verbal de éste plantea, desde cierta animalidad, una vuelta a la palabra básica, a las formas esenciales.


Quizás, entre los múltiples datos de la minuciosa cronología que de Dupin nos ofrece Iván Salinas en este volumen, faltaría alguno que se refiriera a la experiencia psicoanalítica del poeta, más allá de la mención del padre psiquiatra y de la experiencia infantil «entre locos y religiosas», pues no me parece casual la no tan velada presencia de ciertos conceptos. Si para el Dr. Freud la poesía —como los sueños— representa una Vía Regia hacia lo inconsciente, para Dupin los

sonidos eruptivos imaginan que son el poema
                                                                                    pero el silencio
y el sinsentido conjugados
los asaltan, los absorben... el deseo

traza una línea soberana, levanta inmaduramente lo que está prohibido escribir



Hace ya algunos años escribí, a propósito de otro libro de poemas, unas líneas que creo que ahora vienen nuevamente a cuento: «Hay, en psicoanálisis, un término que alude a la idea de desprendimiento, de corte, de separación: la hiancia, una grieta que permite atisbar aquel panorama emergente, la oquedad en la que el sujeto es plenamente: “Es en la antinomia”, dice Lacan, “en la hiancia, en la dificultad, donde encontramos la posibilidad de transparencia”». Estas palabras  me parecen ahora aplicables a la poesía de Jacques Dupin, poblada de fallas, de fracturas, de escombros desde los cuales es posible atisbar la posibilidad de una re-constitución a partir no del lenguaje y de la escritura   (de su imposibilidad), sino de la poesía, del silencio que la engendra  «y del vacío que la impulsa».


Sabemos bien que el traslado de una lengua a otra nos impide la justa valoración de una poesía, de sus matices sonoros; no obstante, la precisa, quirúrgica  labor con que Iván Salinas ha acometido la interpretación (más que la traducción) de estos poemas ha logrado cuando menos el prodigio de que la deslumbrante inteligencia de Jacques Dupin y sus vibrantes destellos emocionales lleguen hasta nosotros como las imágenes de una película que, sin terminar de comprenderla, nos conmueve hasta las lágrimas.


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dimanche 3 novembre 2013

Le jour où j’ai renoncé à renouveler mon abonnement Veli’b

Cher Veli’b,
Je croyais que j’allais laisser passer comme ça la dure décision que j’ai prise : ne plus réactiver ma carte d’abonné pour une nouvelle année de veli’b-balades. Mais non, je ne peux pas garder pour moi la raison la plus pesante qui m’a mené à te dire adieu : j’en ai marre.
J’en ai marre d’habiter dans le dix-huitième, sur la bute de Montmartre, et ne jamais trouver des vélos.
Oui, JAMAIS.
Tu me diras que j’exagère.
Mais non.
Sur la station la plus proche de ma maison, Felix Ziem (18111), c’était plus facile de croiser une mouette qu’un vélo. Et quand par hasard il y en avait un, oh surprise ! Il était là parce qu’il était abîmé : le vélo était bien là – malgré lui...
Parfois je me disais que c’était de la paranoïa, qu’il y avait bel et bien des vélos mais que je les voyais passer sans m’en apercevoir. Ainsi, je suis devenu bien plus abonné du site veli’b (s’il ne ramait pas à mort) que des vélos que j’aurai pu emprunter. Pour rien. Aussi, j’ai pensé à montrer que je n’exagérai pas, mais j’ai toujours trouvé inutile de faire des captures d’écran pour faire un journal de bord de la station et montrer qu’à n’importe quelle heure (entre 8h et 18h) c’était peine perdue de descendre et vouloir rentabiliser mon abonnement : zéro, niet, nada.
Ah, mais tu me demanderas : les stations autour ?! La 18019, Marcadet et Mont-Cénis, pas très garnie, Damrémont-Caulaincourt (18001), rarement, Hôpital Brétonneau (18019), idem… Il fallait, parfois, marcher jusqu’à Clichy (et ce n’était même pas sûr), pour dénicher The Precious, déposé par hasard par quelqu’un sans doute égaré et confus.
Ok, d’accord, mais n’oublions pas, vas-tu me dire, que c’est la faute aux usagers qui descendent avec les vélos et n’en remontent pas. Certes, mais moi, et d’autres veli’b-nautes nous remontions la côte et nous déposions nos vélos dans ces stations. Je n’étais pas le seul. Nous contribuons modestement au roulement qui aurait dû surtout être assuré par le service de veli’b, et qui n’a jamais fonctionné.
Une fois tous les deux jours, si on avait la chance, l’une des stations étaient desservie à ras le bord. On ne déposait pas une partie ici et une autre là. NON. On s’en débarrassait de tout d’un coup et puis hop, problème résolu. Le comble a était lorsque je ne sais pas quel génie-de-la-logistique a décidé de réapprovisionner les stations, enfin, mais nouvelle surprise, cela n’a pas été fait le matin ni à midi, quand cela aurait pu être réellement utile. Non, Veli’b, les stations étaient remplies à fond APRES 18H ! Et tous les gens qui ramenaient des vélos se sont trouvés à nouveaux coincés, obligés de chercher une station plus loin, comme le matin pour pouvoir partir…
Mais je ne devrais pas me plaindre comme ça, c’est vrai, dans nos contrées (en disant ça je me sens comme si sur la bute on habitait l’Himalaya), on peut trouver des vélos pendant une longue période : en hiver, et aussi quand il pleut. Alors, nous sommes ravis de contempler de nos fenêtres tous ces beaux vélos garés sans que personne n’ose les utiliser dans de si belles occasions…
Voilà donc les raisons, cher Veli’b, qui m’ont menés à te dire adieu et laisser dans l’oubli toutes les minutes cumulées sur mon compte dans les stations +. Je ne vais (ni veux) plus payer pour un service qui n’en est pas un, qui profite uniquement à certaines zones de la ville. Je ne vais plus payer pour entretenir une équipe qui est derrière et qui ne songé pas vraiment à trouver une solution pour résoudre un problème qui restera endémique jusqu’à ce qu’on ne trouve un roulement efficace du trop des vélos dans le centre à certaines heures (toutes les stations autour de la Place de la Bourse, par exemple, sont blindées le matin et vides-à-mort le soir !!!!) et les distribuer dans certains quartiers abandonnés.
Avant, j’avais dans ma poche une carte qui me faisait penser que j’avais la possibilité d’utiliser des milliers de véli’bs DANS TOUTE LA VILLE sans avoir à me prendre la tête, mais c’est fini. Je ne vais pas renouveler mon abonnement et c’est dommage, parce que le vélo est mon moyen de déplacement.
Aujourd’hui, j’ai un propre vélo qui ne souffre pas des aléas des voisins et ne dépend pas non plus de l’(in)efficacité de ton service de réapprovisionnement. Avec mon vélo je pourrais continuer à rouler en toute liberté et, bien évidemment, ce ne sera pas « grâce » à toi.

Heureusement.

jeudi 24 octobre 2013

Adiós a la librería del Louvre

louvrelibreria

Había pensado dedicar las líneas del presente texto a hablar de la primera exposición temporal del 2013-2014 que abrió el museo del Louvre (http://www.louvre.fr) en su espacio principal del Hall Napoleon. Sin embargo, apenas salí del impresionante recorrido de esculturas en su mayoría, visibles en la muestra “La primavera del Renacimiento. La escultura y las artes en Florencia entre 1400 y 1460”, cometí el error de entrar a la librería tienda del museo y quedar noqueado por la impresión del nuevo local.
Llevo más de una década asistiendo regularmente al Louvre, y he visto con no poco desagrado cómo un espacio dedicado de forma casi exclusiva al arte y a la cultura (entiéndase lo que se quiera por este par de términos), ha cedido gran parte de su “territorio” a las sirenas de la crisis y de la exigencia del rendimiento económico. Hablo de “territorio” refiriéndome al pasillo que se encontraba después del control de seguridad que separaba al minicentro comercial del “Carroussel du Louvre” y la parte del museo. Primero empezó con la entrada de McDonalds (sí, un McDonalds) a esta parte donde había reproducciones de arte, una oficina de correos que vende timbres de colección (y no sólo unas estampillas sin chiste ni gracia), fast-food que dejó pasó más tarde a un Starbucks, cadena que no sólo se apropió de este local, sino que se extendió desde hace varios años en la capital como una plaga insufrible recuperando locales de galerías o de librerías incluso.
Ahora, la antaño librería-tienda del Louvre (planta baja y 1er piso respectivamente), un lugar que fungía como uno de los pocos recintos donde se exhibían y promovían obras impresas, tanto de difusión general como de investigación especializada, a todo tipo de visitante (del más basto al más erudito), se ha transformado en una maravillosa boutique de recuerdos y reproducciones (planta baja) y, accesoriamente, en una librería (en el 1er piso). Antes de este cambio drástico del local, los libros, todo tipo de libros y revistas dedicadas a la antropología, la museología, las artes, las exposiciones de París, las novedades del museo, etc…, eran accesibles a cualquier persona que, buscando una postal o un catálogo, terminaba su día de visita vagando por los estantes repletos de libros, dejándole la posibilidad de encontrar algo que nunca hubiera pensado buscar por sí misma. Lo sé porque, gracias a esa vagancia inevitable del turista cultural, pude adquirir algunos libros de referencia para mi biblioteca (sin pensar mucho en el poco espacio que me queda en casa, por supuesto): Chagall, Kupka, monografías sobre el Arte de Oceanía o de América, la lista es larga.
Hoy día, por la natural inercia del ser vivo por la que priva la ley del menor esfuerzo, la planta baja, en donde se pueden adquirir reproducciones de objetos conservados en el Louvre o en otros museos (como las esculturas de Pompon expuestas en el d’Orsay), es una colmena de cuyo enjambre rara vez se escapa algún incauto escaleras arriba. El espacio renovado, de blanco reluciente y luminarias de gran gusto, es un desolado terreno en el que un puñado de divagantes deambula con un cierto aire de demasía, como si tanto espacia les estorbara, como si la ausencia de más gente vaciara de su contenido a aquellos libros que miran con cierto resquemor, desprovistos de la pantalla que les daba ser un turista más que nunca va a una librería pero que de pronto se encuentra en una y aprovecha para hojear publicaciones sobre sumerios, el barroco, las excavaciones egipcias, los objetos de arte de la edad media, las cabezas maoí…
La antigua muchedumbre, el antaño murmullo que acompañaba los pasos de los turistas con el sonido de las hojas al darles vueltas han pasado a mejor vida. Con esto, los directivos de los espacios del Louvre han decidido sacrificar al libro en aras de la rentabilidad y el fino recuerdito de arte, sí, pero recuerdito al fin que, seamos sinceros, acaba casi siempre en un cajón o en una repisa cubierto de polvo. Es triste aceptarlo pero no me sorprenderá descubrir que, en breve, en un año o dos pongamos, los responsables del museo, “obligados por las leyes del mercado, por la autofinanciación a ultranza, por la famosa crisis” que nos enjaretan y de la que unos cuantos son culpables (y casi todos cómplices), saquen de circulación a los libros y cierre este acorralado 2° piso. Casi veo la escena: algún día volveré para recorrer una exposición como la de “La primavera del Renacimiento”, de la que me hubiese gustado subrayar el valor pues pone en primer plano a la escultura, un arte que suele tratarse de “poco vendedor”, pero de la que al final no diré nada, molesto y decepcionado porque afuera, ahí donde se juega el contacto cotidiano con el “arte”, aquellos que lo defienden dentro de los muros “consagrados” han dejado que la librería se desangre poco a poco, asumiendo que es un espacio inútil del que hay que deshacerse. Mientras más pronto, mejor aún. Eso sí, no se pierdan las aplicaciones de smartphones para visitar la exposición que, puntualmente, encontrarán en su tienda favorita en línea.

mercredi 16 octobre 2013

Presentaciôn de 'Voces de la Montaña' en Madrid - 3 de octubre de 2013

El pasado jueves 3 de octubre presentamos Diego Alamos (editor de Chancacazo), Juan Carlos Chirinos (escritor) y yo Voces de la montaña en la librerîa-espacio cultural Centro de Arte Moderno de Madrid

Aquí el video de la charla con el breve texto que leyó Juan Carlos Chirinos: "Ramuz en el precipicio" (que se puede leer mâs abajo)






La primera imagen que se me viene a la cabeza mientras leo es doble: Sherwood Anderson y Wenceslao Fernández Flórez. Como el lector cuando lee se lee a sí mismo y también el acto de leer es el acto de sumar lecturas, es inevitable buscar comparaciones en nuestra memoria cuando se lee a un nuevo autor. Sólo de esta manera podremos destilar las diferencias, las particularidades que hacen único a ese autor. Y Ramuz es uno de esos autores únicos y, por eso mismo, comparte similitudes con los grandes. Los quince relatos que componen Voces de la montaña muestran a un lector primerizo como yo, la fuerza de una voz que sabe lo que busca. Los dos libros de donde han sido traducidos, según afirma el pie de imprenta, Nouvelles y Les Servants et autres Nouvelles, fueron publicados pocos años antes de su muerte, en 1944 y 1946, respectivamente, así que se trata de los cuentos de un autor que ha demostrado con creces el dominio de su oficio.

Y digo Sherwood Anderson y digo Wenceslao Fernández Flórez porque, aparte de ser prácticamente contemporáneos, esto es, de haber percibido de alguna manera el mismo espíritu de los tiempos (el final de la Belle Époque con la Gran Guerra y el ascenso del fascismo en Europa), sus respectivas obras tienen varios puntos en común que resuenan unas en otras. El aire rural, los toques fantásticos, los personajes que perduran de un relato a otro, la voluntad de unidad entre los textos que, aunque son relatos independientes buen pueden leerse como una sola «historia», la historia de un pueblo en particular. Así, no tiene nada de raro que, mientras leía los cuentos de Voces en la montaña, percutieran en mi memoria los relatos de Winesburg, Ohio y de El bosque animado, esta última publicada casi al mismo tiempo que los relatos de Ramuz.
¿Y cómo no pensar en estas relaciones cuando se lee un relato como Los sirvientes, esa especie de duendes mágicos que hacen favores pero que también castigan con travesuras a veces peligrosas; o cuando el narrador presenta a un imprudente enamorado a punto de morir por buscar un sencillo —pero difícil de hallar— ramito de edelweiss para su amada en Llamada de auxilio? También cuando la naturaleza es una amenaza, como ocurre en el relato que le da título al volumen, Voces de la montaña, y en Escena del bosque, en el que un leñador sucumbe bajo el peso de un árbol derribado. En cambio, en La caída del niño, los sentimientos más feroces salen a flote por culpa de una madre descuidada —¿y con un amante?— que abandona a su hijo de cinco años a su inevitable suerte. Ciertos sentimientos distorsionados por las acciones y por el discreto laconismo del autor —estrategia narrativa que Ramuz maneja con maestría— crean situaciones que parecen paisajes de enorme extensión salpicados por seres incapaces de canalizar sus pasiones, tal como ocurre en El lago de las señoritas. Porque detrás del hermoso escenario que son las montañas suizas, se esconden las pasiones que han acuciado a los seres humanos desde siempre, envidia, pereza, mezquindad... y la miseria, la resignada miseria que acompaña a cada uno de estos personajes que los convierte en víctimas de las circunstancias que quizá ellos mismos haya propiciado, y así podemos leerlo en relatos como Sequía y, sobre todo, La feria, donde una pareja de ancianos hace un dificultoso viaje a la ciudad para vender una cabra que finalmente compra un vecino de ellos, con lo cual ese arduo viaje pierde todo sentido.

Leo a Ramuz y recuerdo a Sherwood, a Wenceslao, sí; pero también, y a causa de la ferocidad con que la naturaleza cincela el carácter de los personajes, viene a mi cabeza La madre naturaleza, de Emilia Pardo Bazán: porque allí donde la naturaleza impone su ley, la belleza artificial tiene los días contados. Y en Voces de la montaña Ramuz camina por el filo de un precipicio que no es el de una de las montañas de su Lausana natal, sino por el precipicio del lenguaje mesurado que pone en escena las pasiones de seres indefensos, constreñidos por siglos de sometimiento a la ley implacable de la naturaleza: y la caída desde esa altura suele ser más dolorosa.



'Columna de libros: Voces y silencios en la montaña' por Alida Mayne-Nicholls Verdi



¿Cuánto dura una caminata en el bosque bajo la lluvia? ¿Un trayecto habitual para ir a casa? ¿Qué puede ocurrir aparte de la lluvia que cae del cielo, las gotas que se deslizan por las ramas y el lodo que se forma a los pies? El cuento “La joven salvaje” de Charles-Ferdinand Ramuz son unas pocas páginas en que un hombre joven lleva a Lucienne, la joven salvaje, a casa. Al principio la lleva cargada, ¿está ella inconsciente? Cuando parece despertar, lucha, le muerde la oreja, y prefiere ella caminar y encabezar la marcha, decidida, aunque se hunda en el barro. Él la sigue y al mismo tiempo la admira. El cuento repara en un momento breve, una anécdota que podría parecer sin trascendencia alguna. Y no contesta preguntas: ¿la lleva a la fuerza?, ¿por qué van a esa casa?, ¿cuál es la relación entre ambos? La verdad es que encontrar esas respuestas no tiene valor alguno. El poder de este cuento está en la narración simple, pero exquisita, en que pareciera que nosotros también nos mojamos, o que, tal vez, hemos visto a esa inusual pareja a lo lejos en el bosque.
Charles-Ferdinand Ramuz (1878-1947) es un escritor suizo que abordó en sus textos los paisajes y personajes del campo y la montaña. Al parecer era un enamorado de esos panoramas, o bien de las posibilidades que le abría para hablar del hombre y su entorno. Él, sin embargo, era un hombre de ciudad y que pasó muchos años viviendo en París.
En los breves relatos que encontramos en Voces de la montaña, una hermosa edición de Chancacazo, con la traducción de Iván Salinas, nos daremos cuenta de que la naturaleza podrá parecer bucólica, pero esconde tragedias, peligros o bien, vidas muy difíciles, como lo muestra el hermoso relato de una familia de feriantes que apenas tiene para comer, en el que despluman un gallo azulado para lanzarlo a la olla. Estos devenires no están puestos ahí por azar, sino con el afán de dar cuenta de los personajes. La conexión entre hombres y mujeres y naturaleza, nos muestra lo que pasa en torno a sucesos imprevistos, pero también las consecuencias de actos que pueden parecer tan sencillos como ir a la montaña a sacar flores para la enamorada: “Una manchita blanca de este lado, otra más lejos: unas como estrellas de algodón con un corazón amarillo que se agitaban suspendidas en el abismo y a las que Mudry amasaba no sin peligro y esfuerzo, aunque ya había tomado tres” (72)
Cuando uno piensa en el título –que es también el título de uno de los cuentos- puede pensar a priori que se trata literalmente de la voz de la montaña: ¿cómo nos habla? En parte es así, la montaña brama, los truenos de las tormentas son ensordecedores, el viento silba; pero la voz humana dentro de esos paisajes no puede ser olvidada, aunque el entorno le pueda jugar una mala pasada, o quizás no puede ser olvidada porque la naturaleza es impredecible. “Entonces, como había dicho que lo haría, lo llama, echa la cabeza un poco para atrás, acomoda sus manos para que su voz porte: ‘¡O-ee!’ El sonido asciende, pasa del otro lado de la garganta de la montaña” (110-111). Pero las voces no son siempre escuchadas. La voz de Ramuz en estos cuentos debería serlo.

Nota sobre 'Voces de la Montaña" en la sección de Cultura del diario 'Las Últimas Noticias'


'Voces de la montaña. Cuentos reunidos' por Charles-Ferdinand Ramuz - Traducción de Iván Salinas

Hace unos meses salió publicada la traducción que hice de unos cuentos y relatos del suizoCharles-Ferdinand Ramuz en -> Chancacazo Publicaciones.

Esta es la breve nota que sirve de presentación a la antología -> Voces de la montaña :






El desánimo de la 2ª Guerra mundial silenció la voz inconfundible de Charles-Ferdinand Ramuz (1878-1947). A lo largo de su obra, en gran parte narrativa, el escritor suizo más importante de la 1ª mitad del siglo XX exploró y dio vida a los paisajes montañosos y lacustres de su región natal. A contracorriente de las vanguardias de esos años, preocupadas más bien en dar cuerpo a la modernidad y al inconsciente  del hombre, Ramuz prefirió retratar a la gente de la provincia francófona helvética utilizando un lenguaje coloquial falsamente realista, más cercano al lenguaje regional de todos los días con su “hablar mal” que a la lengua manierista que debía aprenderse en los institutos. Esta poética, que tanta polémica creo en aquellos años, fue defendida por autores como Gide o Céline, y ampliamente apreciada en toda América, en particular por Juan Rulfo.

En esta selección de cuentos, inéditos hasta la fecha en español, el lector actual podrá adentrarse en la visión profunda y afectuosa que Ramuz tenía de la naturaleza suiza, a ratos un personaje más del maravilloso drama de la gente del campo en su relación con los elementos (a veces placentera, a veces tortuosa), y en otros el animado trasfondo del sencillo retrato que realizó de las vivencias más simples y constantes del ser humano: el amor, el duelo, las pasiones, la enfermedad, la desgracia de los accidentes, la insospechada felicidad de estar vivo…